viernes, febrero 06, 2009

Leyendas Urbanas: Hoy, para lucir hay que sufrir

El mundo de la estética no está exento de la proliferación de leyendas urbanas que ponen el acento en lo fútil que es la belleza exterior.

Centros de estética, peluquerías, e incluso truquillos caseros para mejorar el aspecto personal, son la diana perfecta para la invención de barbaridades extrañas y superlativas que difícilmente pueden ser reales, pero que tienen esa característica tan especial que le permite propagarse por todo el mundo en cuestión de poco tiempo y además, perdurar.

En cuanto comienza a ser popular una técnica para embellecerse, surge una leyenda que la pone en entredicho, siempre, como es natural, advirtiendo de los riesgos que conlleva el abuso, aunque exagerando las consecuencias.

Cuando se pusieron de moda las cabinas de bronceado en las ciudades, comenzó también la difusión de una serie de historias que advertían de las nefastas consecuencias de estos artilugios.

La más popular tenía como protagonista a una joven que tenía cercana la fecha de su boda.

La joven se dispuso a tomar los rayos ultravioleta para lucir un agradable color de piel tan señalado día, y se acercó a un centro de bronceado.

Allí le advirtieron del riesgo que corría si tomaba demasiadas sesiones y le dijeron que sólo podía tomar una al día.

Bueno, pensó ella. Una aquí, pero podría acelerar el proceso si al salir de ese centro se acercaba a otro y hacía otra sesión. Y después, en otro… y así sucesivamente. Y puso en práctica su plan. Salía de un centro y acudía a otro cercano, y luego, a otro, y así hasta cuatro o cinco veces al día.

Al cabo de unas semanas, pongamos un par, comenzó a sentirse mal. Dolores de cabeza, retorcijones, dolores musculares….

Acudió al médico y éste le sorprendió con una terrible noticia: sus órganos internos estaban extrañamente quemados. Casi cocidos.

El efecto de los rayos ultravioletas había causado daños terribles en su organismo. Sólo le quedaban unos seis meses de vida.

En otras versiones, la novia cae fulminada ante el altar, y es en la autopsia cuando se revela el terrible secreto. En otras, se queda ciega, o sorda, o se le cae el cabello o todo junto.

La realidad nos enseña que la sobreexposición al sol o a los rayos UVA puede provocar serios daños en la piel, como el cáncer, pero nunca, nunca, dañar órganos internos.

Sí que hay registrada una muerte por la utilización de este tipo de tratamientos, en 1989, pero se debió a la interactuación de los rayos UVA con un fármaco especialmente peligroso, relacionado con un tratamiento de la psoriasis, y que no es excesivamente común.Y ni siquiera esto es concluyente, por cierto.

No hace demasiado tiempo, narré en esta misma sección el caso de una joven que utilizó el microondas para secarse el pelo, y que tuvo un final muy similar al de la leyenda que acabo de contar. En ese caso, el órgano cocido fue el cerebro y su muerte, inmediata.

Es el miedo al funcionamiento de estos aparatos el que provoca la aparición de las leyendas, pero otras costumbres relacionadas con el arreglo personal, más caseras, también tienen su peligro.

Se trata, en este caso, de una joven que solía cardarse el pelo al máximo. Las botellas de laca se le terminaban rápidamente, y su pelo tenía siempre un aspecto rígido e inamovible.

Tanta laca utilizó, que una araña del tipo viuda negra decidió que esa mata de pelo fuertemente lacada era el lugar ideal para establecer el nido familiar en ella.

Durante varios días, el arácnido, que era hembra, se explayó a su gusto por los cabellos de la joven, fabricó su nido y se dispuso, como buena madre, a depositar sus huevos.

Éstos no tardaron en eclosionar, y lanzar cientos de pequeñas arañas por el cuero cabelludo de la chica, quien no se había percatado de la presencia de la araña, pero miles de patitas pisando por su cabeza le producían picores y escozor.

La trágica historia terminó cuando una de las crías, ya armada con su letal veneno, le mordió y fue seguida por el resto de la camada.

La joven murió en el campus universitario, en medio de brutales y terribles convulsiones.

Cuando fueron a socorrerla, las amigas asistieron horrorizadas a ver cómo salían de su pelo las diminutas arañas, que se perdieron entre la hierba.

Otra vez, el excesivo celo a la hora de estar atractivo mediante prácticas poco ortodoxas, crea el riesgo y es la persona que utiliza estos sistemas la víctima.

Por suerte, ninguna de estas leyendas dejan de ser eso, leyendas urbanas que intentan, una vez más, advertirnos de los riesgos que conlleva ciertas prácticas desmesuradas.

Un saludín

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