viernes, agosto 22, 2008

De vacaciones por Francia

Pues como te dije en la entrada anterior, hemos viajado a lo largo y ancho del país vecino durante algo más de una semana.
Han sido once días repletos de emoción, de historia, pero también de disfrute, de compartir el tiempo con la familia, alago que no siempre se puede hacer.
La primera parada fue Burdeos, una ciudad que no pudimos visitar, ya que la elegimos por estar a mitad camino entre Onda y Rennes, donde establecimos nuestra base de operaciones.
Fue una noche en un apartahotel junto al aeropuerto, al que llegamos tras unas diez horas al volante, sin nada de cansancio y con muchas ganas de continuar.
A Rennes llegamos el día siguiente, el diez.
Creíamos que la ruta sería más descansada, pero nos equivocamos. Había casi tanto trecho como la jornada anterior (por eso elegimos Burdeos como punto de desacanso, porque estaba a mitad de camino).
Al llegar paramos en una pequeña área de servicio, en la que comimos en una cafetería regentada por una familia rumana. Fue el primer bocadillo de "thon et crudités" que nos pusimos entre pecho y espalda, y desde luego, fue el más sabroso... Y barato, ya puestos.
Los peques comieron un perrito con su ketchup y Sofía dió cuenta de su papilla sin problemas.
Encontramos el hotel sin demasiados problemas, en un tiempo record. Cosas de hacerte la ruta con el google Earth... No uso GPS, porque no lo tengo, y la verdad, me da cosa gastarme el pastón que vale para dos viajes, como mucho, que hago al año.
Además, ir tan guiado quita la emoción de la búsqueda y la satisfacción de situarte justo donde vas.
Nos aposentamos en el Hotel Les Loges, un hotel situado en una zona comercial en un pequeño pueblo anexo a Rennes, Chantepie, y salimos a pasear por Rennes. Es una ciudad bonita, tranquila y con una historia bastante rica, como todos los lugares de Bretaña.
Visitamos en unas horas los principales monumentos y nos quedamos boquiabiertos con las fachadas de madera, además de comenzar a admirar los ricos adornos florales con que los bretones decoran sus calles. Precioso.
En España, eso duraría un día, con suerte.
Tras dormir (dos habitaciones, una para los peques y otra para Susana y yo, con la cuna de Sofía), salimos para ver esa maravilla arquitectónica que es el Monte Saint Michel. Que sensación, al verlo aparecer en la lejanía...
Se te pone la piel de gallina al contemplar como se va haciendo cada vez más nítido, como se aprecian las impresionantes líneas de sus edificios...
Es una villa construída en una montaña, que se alza en la bahía de Saint Michel, y que queda totalmente rodeada por agua en cuanto sube la marea.
Un lugar de culto y peregrinación, en la que acercarse supone jugarse la piel. Los peregrinos se acercaban a la Abadía por la zona cercana al mar, una vasta playa que queda al descubierto con la marea baja, y accedían al pueblo por la puerta que se abría en esa zona.
Cuando subía la marea, debían de ser rápidos en alcanzarla, pues la subida era terrible (en ocasiones, de un metro por minuto), y se llevaba a muchos mar adentro.
Hoy, existe un brazo de tierra que queda por encima del nivel del mar, y la playa no se cubre totalmente, por la acumulación de arena tras milenios de subidas y bajadas. Aún así, en los aparcamientos hay avisos sobre el peligro de inundación por marea. Surrealista...
La línea del mar se aprecia a varios kilometros, lo que da una idea de como es la marea en la zona, y en la bahía hay dos pequeñas islas más.
La gente escribe mensajes en la arena, e incluso vimos a un chaval escribiendo un enorme "I love you" mientras su chica esperaba en las murallas, pacientemente.
Las callejuelas son estrechas, de costrucción medieval y la aglomeración de gente no permite verlas con claridad. Una cosa como Peñíscola, pero a lo bestia.
Muchos de los comercios, nos explicó la guía, pertenecen a las mismas familias desde hace siglos, y pasan, generación tras generación sin perder su encanto.
Los restaurantes, a precios prohibitivos, y las bebidas, mejor ni nombrarlas...
Para comer, cuatro bocadillos de jamón york y queso, con agua o cola, por 43 euros. Ah, sí, con un postre para cada uno.
La abadía es, pues eso, una abadía. No tiene la magia que se aprecia desde fuera. No es que no sea interesante, ni bonita, ni emocionante. Es que no es lo mismo.
La visita recorre los principales lugares, y me juego el cuello a que nos dejamos las partes realmente interesantes... ¿Dónde estaban los pasadizos de los que hablaban los guías? ¿Y las cocinas, las tumbas, los sitios interesantes?
No quedamos defraudados, pero la promesa que ofrece Saint Michel desde fuera se pierde al entrar.
Al bajar, me tocó ir con prisas con Claudia, que tenía que ir al servicio, y me metí por callejas menos frecuentadas. En una de ellas me encontré con un cementerio. No pude tirar fotos por las prisas, pero era curioso. No ocupaba más terreno que mi comedor y habían tumbas recientes.
Por la tarde, tras comer, rodeamos la montaña, en realidad un islote, caminando por la playa. Desde allí pudimos apreciar las marcas de la crecida de la marea. Impresiona...
No tardamos más de diez minutos, a paso tranquilo, en dar la vuelta. Imagina lo pequeño que es.
Dejamos Saint Michel sobre las cinco. Tardamos, eso sí, una hora en salir del aparcamiento. El tráfico iba fluído, pero la única salida es una carretera por el brazo de tierra artificial (del siglo XIX), así que el tapón era considerable.
Nos acercamos a Saint Maló, una población con una zona amurallada por la que paseamos.
Son pequeñas villas muy preparadas para el turismo, con encanto y con alicientes para pasar un buen rato allí.
De nuevo, el océano y sus mareas fueron protagonistas, ya que el agua despeja el acceso a uno de los dos fuertes que protegían la villa amurallada. Estos dos fuertes no sirvieron para evitar el bombardeo durante los terribles días del desembarco, que destruyeron parte de la villa y los archivos de la zona, entre los que se encontraban los de Saint Michel.
Una lástima.
Aquí comenzamos a ver como los restaurantes cerraban pronto, pero todavía no comprendíamos lo importante que iba a ser ese dato en un futuro próximo...
Un día intenso y con visitas más que interesantes.
Continuará...
Un saludin

5 comentarios:

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Yo espero recorrerme esoss itinerarios antes de final de año.

Crónicas de Sepelaci dijo...

Pues espero que lo hagas, porque es una experiencia maravillosa. Y supongo que en otoño o invierno tendrán otra vista, tan impresionante como la que vivimos nosotros.

Un saludín

Anónimo dijo...

Menudo viaje os habeis pegado!!!! Me habeis puesto los dientes largos como cuchillos!!je,je,je!
La verdad son unos lugares muy mágicos y con mucha historia y tu has sabido captar esa magia con las fotos. Para las siguientes vacas os habeis puesto el listón muy,.muy alto!

Por cierto, es la primera vez que participo en tu blog, y me parece muy interesante y ameno.Sigue así!!!!!

Crónicas de Sepelaci dijo...

Muchas gracias por tu comentario, Anónimo... Vaya nombre más raro...

A ver si la próxima vez firmas.

Ah, y ya veo que por fin te has aclarado para escribir.

:-P

Un saludín

Anónimo dijo...

Si que es raro ,si!! el nombrecito. Y si que me he aclarado ha escribir porque alguien me lo explicó muy bien ayer!!!!! pero ha valido la pena , aunque no he visto las flores,je,je,je