martes, julio 05, 2005

PAULA

Llovía.
El agua caía tras la ventana creando un inquietante velo que cubría en parte la calle.
Pero a Paula no le importaba. Le gustaba la sensación de calor que daba el radiador, mientras veía como en la calle todo se mojaba, y los pocos que pasaban por ella, aceleraban el paso, para llegar pronto a casa.
Cogió su manta, se envolvió en ella, y, con la compañía de su osito, continuó observando a la mujer que iba, arriba y abajo, por la acera de enfrente.
A Paula también le gustaría estar en la calle, sintiendo el agua sobre su pelo, como esa señora, pero sus papás no le dejaban salir cuando llovía. A la señora no le importaba mojarse, y, de cuando en cuando, se acercaba a los señores que pasaban, y, una vez, uno le dio fuego.
Paula sabía que estaba esperando a que llegara su marido, porque es lo que hacen los maridos, llegar a recoger a sus mujeres. Luego, la llevaría a casa, y le diría cosas.
Como las que le decía su papá a su mamá. Luego, su marido entraría a dar las buenas noches a su hija, como hacía papá.
Paula lo sabía muy bien. Es lo que hacían los papás.
Ahora, hacía muy poquito que papá había acabado de gritar a mamá, y se había oído un golpe muy fuerte, más que otras veces. Seguro que su papá estaría subiendo las escaleras, para darle los besitos de buenas noches.
Paula cerró los ojos, apretó el osito contra su cuerpo, y se encogió bajo la manta, esperando a que su papá abriera la puerta, como todas las noches.

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