domingo, septiembre 26, 2004

VACACIONES DIFERENTES

Este verano he tenido la inmensa suerte de conocer a cuatro jóvenes, dos chicos y dos chicas, que me han llegado a impresionar.
Quizás todo el mundo haya tenido ocasión de conocer a gente así, y, ciertamente, ya me había cruzado con tipos de esta calaña, pero siempre me sorprende la determinación que llevan, y la naturalidad con que toman la decisión.
Me refiero a cooperantes de una ONG. Mira, que curioso...
Hoy, todo el que tiene menos de cuarenta años, y no es miembro de una ONG, es casi catalogado como fascista, mala persona y maltratador del medio ambiente, aún y cuando muchas de las ONGs que aparacen al cabo del año, son meros ganchos para otras finalidades (pero ese es tema para otro post).
Lo que no abunda, es la gente que decide hacer la maleta, subirse a un avión, y marcharse donde realmente hacen falta, a los lugares donde esa ONG tiene sus proyectos en marcha. Logicamente, no son acogedores hoteles de cinco estrellas, esos con pulserita-vale-para-todo, sino lugares donde uno no pensaría que iba a acabar.
Pues bien, Jose Carlos, Dani, Ada y Neus han pasado 34 días en Guayabal, una zona de Santo Domingo, donde la ONG Quisqueya tiene en marcha una serie de proyectos orientados a la dinamización social y económica de los núcleos de población que se reparten por allí.
Tuve ocasión de entrevistarlos unos días antes de partir, y he repetido entrevista cuando regresaron. En la primera ocasión, sus caras mostraban la emoción por comenzar la aventura, por conocer tierras, gentes y costumbres bien distintas a las que conocen. Al volver, su cara tenía otro matiz.
No sabría describirlo, pero se veían... relajados.
Habían pasado más de un mes en una zona en la que la mortalidad infantil superaba la media de latinoamérica, y que, con la ayuda de Quisqueya, había sido erradicada. Guayabal es una zona perdida entre montes, sin apenas recursos, sin infraestructuras, y con gentes dedicadas a subsistir de lo poco que da la tierra.
Aún así, me contaban que su esfuerzo se veía recompensado por esas mismas personas.
Su vida, me explicaban, estaba llena de carencias, de necesidades básicas, y aún así, mantenían siempre una sonrisa en su cara. No se trataba, decían, de felicidad por tener bienes materiales, sino más bien por saber donde están, lo que tienen, y saber vivir con ello. Sin el stress que supone vivir pegado a un reloj, ni a un móvil...
Me decía Neus que una familia se quedó un día sin comer porque les ofrecieron su propia comida a ellos. Que no podían negarse, porque sería un desagravio para esa humilde familia. Una cantidad de emociones, de sentimientos, que dificilmente se pueden entender desde aquí.
Las actividades que ocupaban sus días tenían que ver con la organización de las escuelitas, que reunían ya a 290 niños, y a preparar las fotos que les permitirían obtener el patrocinio de los padrinos de España, que aportan el dinero para que las escuelitas y los demás proyectos funcionen, y garanticen un futuro digno.
También me dijo Dani que las ayudas llegan, que el dinero que damos, pensando que alguna mano se queda, para su propio beneficio, se ve reflejado en el día a día de Guayabal, y uno se queda más tranquilo.
Me pregunto si yo sería capaz de hacer eso, de dejarlo todo, durante un largo mes, y colgar llaves del coche, móvil, reloj, trabajo, problemas, y salir a ayudar a quien de verdad lo necesita.
No creo. Sinceramente.
Pero resulta que desde aquí, también se puede ayudar, y no a la gente de Guayabal, sino que podemos mirar a nuestro alrededor, y poner nuestro granito de arena.
No importa que sea poco.
Estos chicos demuestran que, con poco, se puede hacer mucho.

Un saludín.

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